LUNA NUEVA, un erotismo diferente.

Como cada año había llegado la hora de pasar esa noche sin él. Para casi todo el mundo era una de las celebraciones más especiales y esperadas del año. Para Inés, tan sólo un mal trago con sabor a melancolía y añoranza.

Lo primero que notó al entrar en su amplio y minimalista apartamento fue el calor. Rápidamente se sintió confortada. Cerró la puerta y se sacó el frío invernal de encima colgando el abrigo en el perchero.

Con desgana, dejó la cartera sobre la mesa, abierta con la placa hacia arriba, y se desvistió en la penumbra. Después, abrió el mueble bar para servirse una copa de Bourbon con hielo; la bebida favorita de Marco y su única compañía en nochebuena los últimos cuatro años.

Sentada, con los pies sobre la mesa, dio un sorbo y dejó reposar el vaso en su pecho desnudo. Estaba frío. Cerró los ojos e imaginó una vez más cuán distinta sería esa noche con él; Marco seguía siendo un pedazo de ella cercenado cruelmente al que no lograba encontrar sustituto. Es más, ni siquiera lo había intentado. La huella de su difunto marido estaba grabada a fuego en su corazón.

Ahora, en esa noche tan especial, Inés conectaría con él. Lo haría como en tantas otras ocasiones llegando, incluso, a notarle desnudo a su lado acariciándola la piel. Recordó cómo la suave y fornida silueta de Marco se dibujaba sobre las sábanas hasta perderse entre sus piernas.

En ese momento se sintió humedecer bajo la braguita. Sumergió una mano entre los muslos y acarició su sexo hasta gemir; hasta saber que estaba con él.

Podía sentirle en su interior, muy en el fondo, muy intenso. Era capaz de apreciar cada movimiento, cada gesto y cada centímetro de piel que entraba y salía de su ser con rítmico compás. Los pezones se le erizaron y el todo el vello de su cuerpo hizo lo propio. Entonces, Inés abrió los ojos y dio un pequeño sorbo de licor, dejándolo resbalar sobre la lengua.

Lentamente, rodeó uno de sus pechos con la palma de la mano y se lo acercó a la boca: Marco solía hacerlo, solía mezclar un pequeño trago de Bourbon con la cálida tersura de su pezón.

Inés volvió a estremecerse al recrear fielmente la manera en la que él lo haría. Abrió la boca y se mordió el pezón suavemente, envolviéndolo con los labios. Finalmente levantó la cabeza hacia el techo, entornó los párpados y enfocó todos sus sentidos en un diminuto punto entre sus piernas…

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