Por qué se lió Cospedal con el “contrato en diferido” (extracto de LUNA NUEVA)

Aquel mediodía la distancia entre su despacho y la sala de prensa se le hizo muy corta. En la entrada esperaba inquieta su rehala de asesores, capitaneada por el siempre fiel Pepe. Sagrario no dijo nada, tan sólo pasó de largo.

Limpiándose el sudor de la frente con la palma de la mano, cruzó la puerta y se colocó bajo los focos con cara de circunstancias. Luego, dejó unos papeles llenos de anotaciones sobre el atril desde el que hablaría.

Un día más estaba allí, compareciendo ante una multitud de periodistas para contarles la versión oficial del Partido. Pero hoy era distinto. Iba a intentar esquivar un iceberg con un rebuscado golpe de timón. Debía dar una explicación convincente sobre las nóminas publicadas en el diario El Continental, y eso haría. No había alternativa.

A su izquierda, escondido de las cámaras y los flashes, Pepe intentaba insuflarle ánimos con gestos tranquilizadores. –No es tan sencillo –pensó Sagrario para sus adentros, –aquí me gustaría verte –.

Nerviosa, se acercó el micrófono a la cara y dio un par de golpecitos comprobando que estaba abierto.

– Buenos días. Bueno, ya casi tardes… –titubeó –. Comparezco hoy aquí, ante todos ustedes, para dar explicación a los documentos publicados recientemente en la prensa.

El calor de los focos poco a poco se iba convirtiendo en un creciente sudor frío bajo la chaqueta. Las palabras se arremolinaban en su cabeza desordenadas, inconexas. Tensa, se atusó el pelo y continuó hablando.

– Como saben, han aparecido ciertas nóminas que vinculan al Sr. Mato con este Partido hasta el pasado mes de noviembre.

Incapaz de ordenar el batiburrillo de ideas, hizo una pequeña pausa y decidió empezar negándolo todo.

– Bien –continuó –. Nada más lejos de la realidad. Vamos a ver, eh… Se trata, y no confundamos los términos, del abono por parte de esta organización, y de forma diferida, del finiquito que le corresponde a este señor por despido…

Las palabras fluyeron por su boca de forma tan imprevista y espontánea que Sagrario se vino arriba. Echó un breve vistazo a sus anotaciones y filtró mentalmente las palabras clave que los ciudadanos debían oír. A partir de ahí construyó su argumentación.

– Es sabido por todos que esta persona no pertenece al partido desde finales del pasado verano ¿cierto?. Pues bien, la Dirección decidió en su momento abonarle la correspondiente cantidad en forma de simulación de contrato. Lo que viene siendo…, en partes de una lo que antes era una retribución y tenía que llevar sus retenciones para la Seguridad Social. O, lo que es lo mismo, la indemnización que se pactó, que fue en diferido…, y entiendan en diferido su abono, no el pacto, se pensó por las partes que más convenientemente se haría de forma simulada mediante un contrato de prestación de servicios con el fin de que, efectivamente, se simulara una situación contractual descontándose, eso sí, la parte de la Seguridad Social.

Ahora se había hecho un lío monumental. La cagada había sido de tal calibre que ni ella misma había entendido nada. Nerviosa, se atusó el pelo de nuevo e intentó matizar la declaración.

– Esta retribución, en forma de finiquito en diferido, eh… Ahora se habla mucho de no sé qué cosas que no pagan a la Seguridad Social, ¿verdad? Pues aquí se quiso hacer como dios manda. Luego, lo que hagan otros será asunto de esos otros. Nosotros, efectivamente, hacemos las cosas como hay que hacerlas y aquí se quiso hacer bien.

Con esa afirmación Sagrario dio por terminada su intervención. Evidentemente, no aceptaría preguntas. Horrorizada, se despidió del auditorio rápidamente intentando mantener la compostura.

– Bien. Esto es todo cuanto tenemos que decir; es la verdad única, porque no hay otra. Espero haberme expresado con suficiente claridad y que los hechos hayan sido convenientemente aclarados por nuestra parte. Muchas gracias.

Agarró los papeles y salió de la sala de prensa como alma que lleva el diablo. ¿Qué coño había dicho? Por un instante había parecido que ni siquiera hablaba en castellano.

Al salir miró a Pepe de reojo, sin abrir la boca; no necesitaban decir nada ya que su intervención hablaba por sí misma. Endemoniada, arrugó sus anotaciones, las tiró en medio del pasillo y se dirigió apresuradamente a su despacho seguida por los cariacontecidos asesores.

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